Ángel de la Cruz

Decía Antonio Gramsci que cuando el viejo mundo no termina de morir y el nuevo no termina de nacer, surgen los monstruos. Qué duda cabe de que los pilares que sostienen al viejo mundo -que nació con síntomas de vejez- sufren un déficit de consenso tan evidente como para hablar, en términos del recurrido sardo, de ‘crisis de régimen’: monarquía, bipartidismo… Qué duda cabe, por otra parte, de que el nuevo mundo no está aflorando a una velocidad directamente proporcional.

Corren tiempos de confusión. Estamos en estado de shock, paralizados. Ayer vivíamos en el mejor de los mundos posibles y hoy todos nuestros planes de futuro se han derrumbado. Estalló la burbuja inmobiliaria y con ella la burbuja mental que nos situaba dentro del cómodo imaginario colectivo basado en aquello de “tú a lo tuyo y el que venga detrás que achuche”. Estamos tan desesperados que no podemos pararnos a analizar qué está pasando de manera reflexiva. Tenemos prisa y las prisas no son buenas.

Es este un escenario perfecto para que se cuele cualquier mensaje que nos dé una respuesta sencilla y satisfaga nuestro bajo instinto. Un escenario perfecto para que surja el monstruo de la ‘antipolítica’, transmitida, por ejemplo, en el concepto “clase política” o más alegremente a través del “todos son iguales”.

De esta manera, uno encuentra en “los políticos” el chivo expiatorio sobre el que cargar todos sus pecados. La coartada perfecta para evitar calentamientos de cabeza que nos llevarían a descubrir, entre otras muchas cosas, que detrás de un político corrupto hay un negocio privado –corruptor- que se lucra o que algunos políticos advirtieron hace años las consecuencias del Tratado de Maastricht léase Europa de los mercaderes, de la Ley 15/1997 gracias a la cual hoy se puede privatizar la sanidad o de la Ley del Suelo de 1998 que inauguró la mayor etapa de corrupción de nuestra historia reciente.

Julio Anguita hablaba hace unos años de la descalificación general de ‘los políticos’ como coartada para justificar nuestros propios chalaneos, menores pero corrientes. Hoy la coartada es doble, pues también cumple la función de inmovilizarnos: no tiene sentido organizarnos para intentar cambiar el estado actual de cosas porque al final todos son iguales. De esta manera, incluso el que no tiene nada que perder salvo las deudas, interioriza el mensaje de que no hay Alternativa.

Decía uno que desgraciados los tiempos en los que hay que explicar lo obvio. Pero decía otro que ante el pesimismo de la razón, el optimismo de la voluntad. La ruptura de los consensos de la llamada Transición abre un escenario inédito en el cual tenemos posibilidades reales para dar la batalla política e ideológica. Para disputar la hegemonía, dicho, de nuevo, en términos gramscianos. Porque tenía razón el multimillonario Warren Buffet cuando afirmaba que la lucha de clases seguía existiendo pero era la suya la que iba ganando, aunque cabe una matización: esto no es una lucha, es un repaso.

En fin… Tocan días de trabajo agrario, pedagógico, didáctico. Podríamos empezar explicando que no existe una “clase política” sino políticos que defienden a distintas clases; que el problema no es la política sino la politiquería y, precisamente, la ausencia de política; que políticos somos todos los que creemos que no vivimos en el mejor de los mundos posibles; que es hora de asumir nuestra responsabilidad como pueblo y dar un paso al frente para jubilar a quienes han visto en el noble arte de la política una ganga para su enriquecimiento personal.
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