Ángel de la Cruz


El caso Bárcenas ha puesto de relieve –una vez más- lo sabido por todos pero dicho por no tantos: en España la corrupción es un hábito. El pueblo tiene la  sensación generalizada de que si alguien es muy rico o tiene mucho poder puede lucrarse impunemente ya que, a fin de cuentas, el Estado y su conglomerado institucional no es más que el dominguillo donde limpiar la mugre de ciertos negocios. Hubo un tiempo en el que colaba aquello de los hechos aislados. Hoy es  un mensaje mucho más profundo y temible: la antipolítica. Para reproducirla no es necesario reclamar una mano dura que, lejos de intereses partidistas, nos meta en cintura, bien sea un militar –ahí está la Historia- o un tecnócrata. Basta con decir que todos los políticos son iguales. De esta manera el concejal que gana 1.000 € al año y dona parte de ese dinero a causas nobles es lo mismo que el empresario que está en política “para forrarse”, en palabras de todo un exministro. Y de esta manera, dicho sea de paso, se aleja a la gente de buscar una Alternativa: para qué si al final todos van a lo mismo. Por arte de biribirloque la corrupción como cáncer congénito y consustancial a la forma de organizar el poder en este sistema se convierte en un problema genético o de honestidad individual.

Es en este contexto en el que el PP, astuto y curtido en el maniqueísmo de barra de bar, lanza la campaña mediática contra IU de Granada utilizando el caso MERCAMED como arma arrojadiza. Alejados de cualquier tipo de deontología, los del Partido de Manuel Fraga le dan la vuelta a la presunción de inocencia: de antemano eres culpable porque te señalan con el dedo y con pocos medios y desde una posición marginal, debes demostrar tu inocencia. Da igual que la propia Fiscalía haya tomado una actitud pasiva hasta el momento. Da igual que Jorge López entrara en la Diputación dejando su anterior trabajo en la Junta de Andalucía y perdiendo así tanto proyección profesional como económica, tal y como reflejan los ingresos de su declaración de bienes. Da igual que Julio Bernardo sea uno de los pocos políticos que ha tenido el detalle de volver a su anterior trabajo como cartero en Sierra Nevada. Da igual porque todos son iguales. Todos van a lo mismo. No hay Alternativa.

Los representantes del PP deberían recordar tres cosas, de entre tantas, antes de erigirse en público como abogados de la honestidad y abrir juicios sumarísimos: si no son capaces de satisfacer las demandas más básicas de los granadinos no deben jugar al despiste sino dimitir; su partido encabeza el ranking en casos de corrupción; un sistema judicial democrático se diferencia del que no lo es porque juzga hechos, no ideas, conciencia u organizaciones.

Mucho me temo que ciertos  políticos del PP se acurrucarán en una toga siempre que eso sirva para despistar al personal. Mucho me temo que nos seguirán recordando al senador Brig Anderson de Tempestad sobre Washinton protagonizado por Charles Laughton, que inicia una caza de brujas judicial y mediática contra Robert Leffingwell por la sencilla razón de que éste cometió el grave delito de coquetear con el comunismo de joven. Hay quienes se creen que la política en general y las instituciones en concreto les pertenecen a nativitate. Ya podrían parecerse al Charles Laughton de Testigo de cargo.
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